
De todos los deportes que se están haciendo populares, la orientación parece el más sano y educativo. Se practica en plena naturaleza, no contamina, no es ruidoso... hasta sirve para aprender cartografía y matemáticas. Incluso, el participante hace a la vez ejercicio físico y mental.
Consiste en un concurso o gimkana que puede hacerse andando o corriendo, es decir, hay que orientarse y realizar un recorrido concreto con la ayuda de un mapa de la zona y una brújula. Por el camino, el participante debe ir recogiendo unas señales o balizas que demuestran que ha superado todos los obstáculos.
El mapa y la brújula son las únicas herramientas imprescindibles para practicar este deporte. Las asociaciones de orientación de cada país suelen encarga mapas a cartógrafos aficionados a la orientación. De esta manera, se trata de mapas de escala muy detallada, 1:15.000 (cada centímetro de esta carta equivale a 150 metros de terreno). En esta cartografía se refleja además el tipo de vegetación para indicar al deportista si se puede correr por determinado paraje o los árboles lo impiden. En los mejores aparecen hasta las rocas de más de un metro de altura.
Una vez conseguidos los útiles para empezar a encontrar el rumbo, sólo falta la indumentaria. El atuendo del orientador es ligero y muy transpirable. También es aconsejable utilizar zapatillas especiales que llevan unos tacos de goma para aumentar su adherencia en terrenos embarrados.
La exigencia física de este deporte no es alta, para los niños es una forma divertida de conocer las matemáticas en la lectura de escalas y mapas. Hasta tal punto que, en los colegios suecos, el país donde nació la orientación, este deporte es una asignatura obligatoria. La orientación es un deporte con cuna castrense. Lo inventaron, a finales del siglo pasado, un grupo de militares nórdicos. En España también introdujo esta actividad el Ejército y fue en 1977 cuando se creó el primer club. Hoy por hoy más de un millón de personas practica la orientación.